Fotos de una vida

Tras la lente de una cámara todo cobraba sentido: las luces y las sombras, los colores y brillos, los transeúntes y los edificios, los árboles y las nubes…

¿Por qué vivir no resultaba igual de fácil?

Parecían perseguirle los problemas familiares, con desacuerdos y discusiones frecuentes; hasta con sus vecinos tenía rifirrafes, con el conflicto servido a diario. Se sentía un incomprendido. Infravalorado por los suyos, que no parecían apreciar su trabajo artístico, con el que llenaba las paredes de su casa; gracias al cual, disponían de una vida acomodada.

Pero es que él, de mirada tan enfocada para la fotografía, era ciego para los sentimientos. Su coraza era su cámara, por eso cuando intentaban llegar a su interior, era experto en evadirse y derivar diálogos en monólogos recurrentes sobre sí mismo.

Su vida repleta de bellas imágenes, estaba vacía de contenido. Su existencia, abundante de personajes y decorados, estaba desnuda de afectos. Y no porque no hubiera quien intentara, una y otra vez dárselo, sino porque los caminos de sentido único acaban por no llevar a ningún lado.

Con el transcurrir del tiempo, a la par que le blanqueaban las sienes y las arrugas surcaban su piel, se enfrentó a la realidad que se había negado a ver: sus hijos, no sólo habían volado del nido sino de su compañía; y su mujer se había emancipado hasta tal punto de su cariño, que le dejó para siempre, a solas con sus maravillosas fotografías.

Y sólo entonces, en la soledad de su casa, tan fría como una sala de exposiciones, fue consciente de que el arte de fotografiar lo dominaba, pero el de saber escuchar a los demás, e incluso a sí mismo, no lo había puesto nunca en práctica.

Si bien era cierto que, se sentía feliz capturando momentos efímeros de belleza o descubrimiento, entendía que volcarse en ello, como única verdad, había significado su fracaso como persona, porque los sentimientos y las emociones trascendían a su vocación. El éxito no se cuantificaba en el dinero o los elogios conseguidos, sino por la plenitud de una vida auténtica.

Verse abandonado, le hizo afrontar el origen de su comportamiento. Dolía reconocer la verdad, pero estaba ahí, solapada tras su rudeza.
En una infancia en la que todo lo material estaba a su alcance, tuvo carencia de las necesidades más importantes: no fue querido ni escuchado como merecía, y se refugió en su primera cámara de fotos, para enfocar su mirada en lo de fuera, aquello que no dolía.

Por más que lo hecho no pudiera cambiarlo, no era tarde para recuperarse a sí mismo.

Era el primer paso para cambiar las cosas. Sanar su dolor para romper la coraza y abrirse a quienes amaba.

Rebuscando entre sus viejas fotografías familiares, descubrió los recuerdos que atesoraban. Casi podía escuchar una letanía de susurros hirientes que le mostraban lo hermoso, e irrecuperable, que le había sido ajeno. Esa era la magia de las escenas en papel: siempre contaban una historia; en su caso, perderse en ellas, liberó las emociones contenidas desde la niñez.

El pasado no podía cambiarse. El presente, sí, y con él, se construiría un futuro mejor.

Aprendería a pedir perdón por sus distanciamientos, porque sólo admitiendo los errores se puede comenzar a erradicarlos. Aprendería a callar, porque permitir el silencio era imprescindible para escuchar a los otros. Aprendería a admirar, porque su labor, por bien ejecutada que estuviera, no era la única meritoria ni siquiera la mejor. Aprendería a reírse relajado, sin observar cada detalle tras el lente imaginario de su cámara, porque no necesitaría esconderse ni huir. Aprendería a ser humilde porque agradecer era tanto como sentirse rico.

La oportunidad que le daba la vida, de hacer balance y rectificar, no pensaba desaprovecharla. La fotografía no era la culpable de su mal, sino su infancia malherida que, una vez curada, liberaría al hombre. Eso no significaba que recuperase todo lo perdido, pero al convertirse en quien debió ser, abriría la puerta a la vida que merecía tener.

Aunque no pudiera conseguirle la luna a su familia, ni devolverle el tiempo perdido, pagaría sus deudas entregándoles su mirada auténtica. No volvería a ser jamás el hombre que se escondía tras una cámara.

TIP. En la vida hay drama y tragedia, pero también muchas oportunidades que, en ocasiones, nos negamos a ver. Siempre hay cosas que sanar para ser mejores, para vivir mejor, para querer mejor… Vayamos siempre a por nuestra mejor versión, atreviéndonos a enfrentarnos a esos demonios que nos persiguen o fantasmas que nos atormentan, porque cuando se les mira de frente, nos hacemos fuertes y más grandes que el poder que ostentan sobre nosotros.

Fotografías. Imagen 1 fotógrafo puesta de sol Günther Schneider – Imagen 2 Cámara sobre la cama Free-Photos – Imagen 3 exposición fotos Rithwick Padannayil – Imagen 4 niño fotógrafo Victoria Borodinova – Imagen 5 fotos blanco y negro Michal Jarmoluk – Imagen 6 luna en la mano FunkyFocus – a través de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!


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