El lenguaje de los sueños

Ocurre que, lo que no reconocemos despiertos, nos persigue cuando dormimos.

En ocasiones, ocultamos aquello que nos preocupa o deseamos, tras una fachada de «todo va bien», pero ni a la mente ni al corazón, se le puede engañar del todo; la verdad acaba saliendo a flote.

Y ella lo sabía, porque llevaba semanas con extraños sueños en los que imágenes surrealistas, de altos muros que la rodeaban, le hablaban del bloqueo en el que permanecía, la coraza tras la que escondía su verdad.

No era tanto que tuviera una mala la vida, sino que no era la que en verdad deseaba.

Añadido a ello, aún penaba por el fallecimiento de la persona más querida, su madre, sumida en una especie de letargo. Ella. su mayor proveedora de aliento y buenos consejos, se perdió entre la bruma de sus recuerdos.

Pero su mente no se daba por vencida, e insistía en hacerla reaccionar. Arrojaba luz sobre lo que estaba soterrado en su inconsciente, mostrándole aquello que podría ayudarle a ser feliz.

Añoraba algo que jamás había tenido, e imaginaba idílico: vivir rodeada de árboles y colores; de montañas y aire puro; de días largos y noches estrelladas. No quería una vida fría contrarreloj. Aspiraba a poner el sol en su vida, como si fuera un letrero luminoso que anunciara la alegría de vivir.

Mientras, su realidad cada mañana, al asomarse a la ventana, café en mano, era el mismo panorama de grises edificios, cielo plomizo a causa de la polución, y una ruidosa banda sonora de tráfico matutino.

Estaba viviendo una vida equivocada.

Por miedo a empezar de cero, se creyó sus propias mentiras y repetía «no tengo de qué quejarme», en lugar de animarse a luchar por lo que quería.

Los sueños que no se persiguen no suelen cumplirse.

Lo que ella no calculó es que la frustración, se cobra sus deudas en forma de amargura, y que la infelicidad continuada, segrega un veneno en pequeñas dosis que, paulatinamente, se transforma en males de toda índole.

La desidia fue un pesado fardo sobre sus hombros y entró en una apatía vital, que mermaba sus resistencias, y en la que dolía aún más la añoranza por la madre fallecida años antes.

Hasta que una noche, en uno de esos sueños reveladores, la vio de pie, junto a su cama, acariciándole la mano, antes de regalarle sus sabias palabras.

Venía a contarle que en la vida había magia oculta y alegría inesperada. Que los espíritus de los que se fueron, también padecían cambios de humor y añoranza, pero que, si se esforzaban mucho, podían llegar a comunicarse de algún modo, transformando, con una pizca de suerte, sus imposibles en una realidad; y eso abarcaba ambos lados de la existencia, le recordó.

«Hija, no sólo son importantes estos sueños en los que se abren puertas ocultas, sino los que proyectamos en vida estando despiertos, porque para no renunciar a la felicidad, hay que hablarse en el lenguaje de los sueños por cumplir. Para llegar a cualquier meta tienes que trazar un plan, porque sólo intentándolo, podrás conseguirlo.

A la mañana siguiente, despertó con la mente más clara, comprendiendo bien los mensajes recibidos: había que intentar cumplir las grandes ilusiones; y ante la dificultad que presentara cualquier reto había que sustituir el “nunca” por un “quizás”.

Reconocía que esa «aparición» podía ser una argucia de su mente para hacerla reaccionar, aunque elegía creer que fue su madre quien la visitó. En cualquier caso, había tomado conciencia de que llorar eternamente no podía ayudarla. Ella, era ahora su propia cuidadora y tomó conciencia de que tal como se trataba y hablaba, se estaba cortando sus propias alas, en lugar de abrirse puertas a una vida más feliz.

Así que escuchó todos esos mensajes de los sueños nocturnos, los de su mente, y quizás de su querida madre, para ir en busca de sus sueños de ojos abiertos. Decidió correr tras ese sol que representaba, para ella, la libertad de una vida creada a su medida.

Se proyectó en un lugar en el que podían converger sus requisitos con sus posibilidades, para reinventarse paso a paso, en una existencia más cercana a sus valores. El proceso de enfocarse en una ilusión real, un horizonte vital feliz, aunque requiriese esfuerzo y paciencia, le ayudaría a eliminar la tóxica emoción que la había enfermado.

Dejó de tildar su sueño de imposible, y trabajó por conseguirlo.

Tras un tiempo -de búsqueda, gestiones, avances y logros-, germinaron sus ilusiones. Encontró un trabajo acorde a la sencillez que buscaba, sin prisas, en una pequeña población rodeada de esos colores que, cada mañana, alegrarían su mirada al nuevo día, desde su ventana.

No nos permitamos vivir sin sueños. No es cuestión de esperar milagros, sino de elegir caminos. No se trata de que nos lleven de la mano, sino de aprender a tomar decisiones. Es bonito que nos cuiden, pero incluso más tomar el rol de capitán de nuestro barco y, sobretodo, actuar movidos por esos deseos que no nos permitirán perdernos en la apatía.

No relacionemos las ilusiones a una edad concreta, pues cada etapa tiene sus propios proyectos; cada personalidad sus sueños. Si creemos no tener ninguno, rasquemos en la superficie hasta que salga a flote lo oculto. Porque se logren o no, las ilusiones siempre son motivo de superación e inspiración.

Fotografías. Imagen 1 llamador de sueños Orange Fox – Imagen 2 puerta abierta Tumisu – Imagen 3 ciudad Ally Laws. – Imagen 4 mujer durmiendo Free-Photos – Imagen 5 población rural Analogicus – Imagen 6 mujer campo girasoles Jill Wellington – Imagen 7 objetivo Free-Photos. todo a través de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!

12 comentarios en «El lenguaje de los sueños»

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