Bajo tu piel

«¿Puedes afirmar que eres solo lo que se ve?»

La mujer agotada de caminar, y algo acalorada por el exceso de ropa que se había puesto esa mañana, bajó la cabeza para echarse un vistazo a sí misma. No sabía muy bien a qué se refería el anciano que encontró sentado en el camino, con aquella extraña pregunta que acababa de hacerle. Tampoco sabía quién era y por qué se entrometía en sus cosas, pero más que un loco dispuesto a molestar, tenía el aspecto de una persona sabia que tuviera algo interesante que transmitir, así que sorprendiéndose a sí misma, le respondió.

«Claro que soy lo que se ve. No me escondo tras ropas ni maquillajes artificiosos; soy una persona natural y sencilla, sin trampa ni cartón».- El hombre sonrió, seguramente satisfecho de que no se hubiera cerrado en banda, o quizá de su respuesta sincera, pero contraatacó, con unos argumentos que le iban a sorprender.

«Ciertamente lo que se ve es lo que me cuentas, pero más que lo que vistes o representas, te aseguro que llevas muchas capas acumuladas sobre ti misma. Has pensado que te sientes acalorada porque llevas demasiada ropa, pero a veces la carga es de otro tipo. Nos vestimos en exceso de emociones y experiencias negativas que nos lastran, bloquean, y nos hacen perder el rastro de la esencia de lo que somos, escondida bajo todas esas capas acumuladas.

La mujer, pensativa, en lugar de preguntarse la razón de ese sermón inesperado, sintió que esas palabras estaban llenas de verdad, porque tenía tanto sobre sus espaldas, que ya apenas recordaba qué parte de la persona que fue quedaba en pie. El anciano, le puso una mano en el hombro, y mirándola directamente a los ojos como si a través de ellos quisiera llegarle al corazón, prosiguió con su mensaje.

«Cuando llegues a casa, te invito a reflexionar sobre lo que has ido cargando todos estos años y no te das permiso para soltar: quizá la ausencia de alguien que falleció, la pena de un abandono, el vacío de los hijos que volaron, el sacrificio sin agradecimiento, los miedos a nuevos inicios, la dureza al mirarte al espejo… son tantas las emociones negativas que se te han adherido a la piel y no has soltado, que te han hecho presa de lo que duele, secuestrando a tu alma que está esperando impaciente a que la liberes.»

Cuando terminó de decir esas palabras, con las que le había dado en la diana de su malestar, ella ya estaba llorando. A causa de todas las lágrimas que nublaron su mirada, perdió la conciencia de lo que la rodeaba, y no supo en qué momento él se fue de su lado, dejándola a solas con ese regalo hecho de sabiduría. Cuando ya más serena, dejó de llorar, él no estaba allí.

Como si su cabeza bullera repleta de intensos pensamientos, al llegar a casa, abrió las persianas, casi siempre cerradas por pereza, para que el sol inundara las habitaciones. Abrió las ventanas para que el aire refrescase ese olor a polvo acumulado no por falta de limpieza, sino por falta de movimiento. Abrió sus muebles para ir desechando tantos cientos de cosas inservibles que nada le aportaban. Abrió su armario para desprenderse de las ropas que ya no usaría y dar más valor a lo que sí le era útil. Pero lo mejor de todo, había sido abrir su mente para recibir ese mensaje que parecía haberle insuflado vida.

Soltaría tantas capas inútiles hechas de dolor y prejuicios, de añoranzas y dudas, para rescatar esa esencia que como bien le dijo el hombre, esperaba a ser liberada.

El tiempo siempre iba a su mismo ritmo metódico e inalterable, pero las personas en su inconsciencia no se percataban de que el avance era inevitable, así que ¿por qué esconderse tras pesados lastres que de todas maneras no se pueden borrar? Las experiencias pasadas habían sido dolorosas, pero una vez vividas, había que aceptarlas y una vez aceptadas, formaban parte de un aprendizaje no de un castigo.

Así fue como esa mujer agotada, se enfrentó de nuevo valiente a la vida, porque ella era mucho más de lo que se veía, y su alma estaba allí para demostrarlo.

¡Espero que os haya gustado este cuento!, y os confieso que, al imaginarme a un anciano sabio, de mirada profunda y maravillosos consejos, me viene mi padre a la cabeza, al que tan bien refleja esta foto, porque él siempre iba con su gorrita e inseparable bastón, pero sobre todo,
lo que no me cabe duda es de que se fue hacia La Luz.

Fotografías. Imagen 1 mujer en el agua Pexels – Imagen 2 mujer tela roja Engin Akyurt – Imagen 3 mujer llorando Mehrshad Rezaei – Imagen 4 mujer frente ventanas abiertas ImaArtist – Imagen 5 anciano caminando hacia la luz Myriams-Fotos. Todo a través de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!

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