Unas vacaciones sorprendentes.

Tres buenas amigas se encontraban en un momento vital parecido aunque por causas distintas.

Estaban sumidas en un período de fuerte estrés y un tanto desesperadas por salir de sus respectivas rutinas, así que decidieron tomarse un fin de semana largo, en una casa situada entre montañas que encontraron en el airbnb de su provincia.

Si bonita les pareció al escogerla en la web, al encontrarse de pie frente a ella se sintieron tan sobrecogidas como excitadas, como si fueran de nuevo tres niñas dispuestas a investigar todo lo que la casa escondía tras sus muros.

Al entrar, les dio la bienvenida la calidez del lugar, con sus suelos desgastados de madera, los muebles clásicos que hablaban de otros tiempos, la escalera con un robusto pasamanos que presidía el centro de la entrada, un conjunto armónico que podía transportarlas casi literalmente a una vida distinta, lejos del mundanal ruido y su alocada velocidad.

No había sido una elección barata, pero valía cada euro que costaba y era fácil sentirla como hogar en vez de lugar de paso.

Así, entre admiraciones de sorpresa, cada una fue en busca de una habitación de la que adueñarse. Pero antes de empezar a vaciar sus respectivos equipajes, una misma escena se repetía en los dormitorios, con las tres chicas absortas en la contemplación de un peculiar retrato que presidía la mesita de noche.

Una enigmática mujer sosteniendo una vela, parecía querer salirse del retrato que la tenía presa. Un precioso dibujo surrealista que daba a pie a imaginar alguna intrigante historia.

Cuando se encontraron de nuevo en la cocina de la casa y compartieron su descubrimiento, aún les resultó más curioso el hecho de que estuviera presente por triplicado, pero la curiosidad pronto quedó en en olvido, sustituida por las ganas de explorar la finca en la que estaban. Les pareció una gran idea aprovechar el soleado día de otoño que lucía brillante incitando al disfrute del exterior, por lo que en una gran cesta que hallaron en la despensa improvisaron material para un picnic, con un surtido de sandwiches que prepararon en pocos minutos, un poco de fruta, agua y una botella de vino.

En pleno paseo hallaron una campa entre árboles en el que un encantador cenador albergaba una mesa y sus sillas de forja. Sin duda, un sitio más que apropiado para disfrutar del ágape, a la par que se lanzaban a la mejor terapia que existe: conversar con tus mejores amigas.

Se sentían felices, sintiendo la agradable caricia del sol en la cara y con la chispa de ese vino tomado en vaso de plástico que les sabía casi igual de bien que si hubiera estado en el mejor cristal del bohemia.

El día fue transcurriendo y dio mucho de sí: leyeron frente al fuego, curiosearon por cada rincón de la casona, dejándose invadir por el encanto de lo antiguo y después de la cena, sentadas en el suelo entre cojines y sobre una mullida alfombra, acabaron la velada con una película de cine clásico en la tablet.

Tic-tac, tic-tac…

El sonido repetitivo e intenso del reloj de pared de la entrada, acompasaba el transcurrir de los minutos y sin darse cuenta ya era casi medianoche cuando se fueron a acostar.

Tic-tac, tic-tac…

En pocos minutos se quedaron dormidas plácidamente.

Tic-tac, tic-tac.

Y en ese momento en el que todo es posible, en el que se abre la puerta al inconsciente pero también a la magia, cuando se levantó el telón de lo onírico, cada una se transformó en la niña que fue.

Esa niña, leyendo en la oscuridad no sentía miedo porque estaba acogida por la fantasía de su presente. No había un pasado negativo o un futuro incierto, tan solo un mundo repleto de posibilidades.

Las tres se vieron invadidas por esa chispeante alegría que, si todo es como debe ser, te pertenece en la infancia, y que al crecer suele quedar dormida tras capas de obligaciones.

Tic-tac, tic-tac…

Los minutos transcurrían y el sueño era cada vez más profundo. Cada una enfrascada en su respectiva historia, hasta que en todas ellas apareció el mismo personaje: la dama de la larga trenza, de mirada calma, con la vela en alto, iluminando con el reflejo su rostro.

<<Querida niña, sé que me reconoces. Viví hace mucho tiempo en esta casa y no me he ido del todo; mi don aún me acompaña en este otro lado. Puedo ver el interior de las personas y vengo a contarte que a ti también te veo. Cualquier cosa que te roba la felicidad, que no te permite vivir el presente como el mayor tesoro, requiere un cambio de perspectiva. ¿Quieres que te cuente el secreto?>>

Todas ellas, asombradas, cada una en su propio descanso, cabecearon afirmativamente, permitiendo que se les acercara como si fuera a susurrarles al oído, pero en lugar de palabras, solo sintieron las cosquillas de un intenso soplido. Ese aire mágico les atravesó la cabeza, porque aunque pareciera sutil tenía la fuerza del viento otoñal que levanta las hojas a su paso.

Y no eran hojas lo que arrastró sino todo aquello que obstruía sus mentes agobiadas.

Su soplido arrastró miedos, arrastró culpas, arrastró complejos, y las tres niñas, de nuevo mujeres adultas, se sintieron liberadas.

Sus pesadas maletas se abrieron, desparramándose el contenido. Las presiones de otros, las expectativas poco realistas, las responsabilidades ajenas, el perfeccionismo limitante, el victimismo que no lleva a ningún lado, como si todo fueran prendas pasadas de moda, llenaron el suelo, dejando en su lugar una maleta mucho más ligera, en la que solo había lugar para lo realmente importante de la vida.

Justo entonces, otra intensa ráfaga de aire, ahora en los dormitorios, agitó las cortinas con tanto ímpetu que las despertó. Con el corazón acelerado por esa experiencia sobrenatural saltaron de la cama, cada una en busca de las demás.

La sorpresa fue mayúscula cuando, a oscuras, frente a una enorme luna que asomaba por la ventana como privilegiada espectadora de la escena, comenzaron a hablar atropelladamente y por fin se dieron cuenta de que habían compartido el mismo sueño.

Ninguna sabía muy bien qué significaba aquello, ¿se trataba acaso del algún tipo de encantamiento de la casa, que se activaba a través de los sueños?

Por arte de magia, o por arte de la misteriosa dama que las había visitado, podían apreciar las cosas desde otra perspectiva, una nueva mirada.

La vida, esa sucesión intermitente de alegrías y penas, era un todo por el que merecía la pena esforzarse. Los problemas eran inevitables, en ocasiones sencillos y otras demasiado complejos, pero la clave era afrontarlos sin perder la ilusión por las pequeñas cosas, aceptando lo que no podía cambiarse, tomando acción ante lo que sí permitía mejoras.

De eso se trataba. Y como ejemplo servía su viaje, que no debían tomar como una huída para esconderse del mundo y sus líos, sino como el bálsamo que uno se pone para aliviar la herida.

Fueron muy conscientes de que cuidarse con mimo, sobre todo cuando hay dificultades, era la manera apropiada para recargar la energía y vivir con más ánimo el día a día.

Sin duda, fueran unas vacaciones sorprendentes que ninguna de las tres iba a olvidar jamás.

Cuando nos permitimos disfrutar,

cuando nos damos silencio y quietud si lo precisamos,

cuando nos apoyamos en la amistad que nos enriquece,

cuando buscamos la belleza de la pequeñas cosas,

las alas de la alegría de vivir cobra más fuerza y encontramos el sentido.

Abramos la caja de mariposas.

Imágenes, todas las fotos creadas con Canvas, excepto imagen de mujer con vela en el cuadro -dibujo del ilustrador Cristian Schloe– y la foto de niña en el sofá leyendo, de Ksenia Kkurhcucova a través de Pixabay.-

¡Hasta el próximo Post!

Elena Tur

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