Secretos a viva voz

La teoría la sabemos todos pero ¡ay amiga, qué difícil es llevarla a la práctica!

Nos persiguen los eslóganes positivos, los hábitos saludables, los propósitos de una vida con sentido, pero estar a la altura de todo ello es agotador y ni tan mal por reconocerlo.

Una mala noche o un mal año, una discusión en casa o las obras del vecino, un dolor de barriga o un corazón roto, no nos ayudan a fijarnos del todo en lo bueno que hay a nuestro alcance. Vivimos demasiado ocupadas capeando el temporal.

Las desgracias que, en un momento u otro de la vida, tocan, nos instan a sobrevivir (superar las vicisitudes va siempre antes que ser feliz).

Y por si fuera poco, el móvil nos aleja de algún modo del presente, cambiando aquellos patrones que antaño ayudaban a la salud en lugar de ponerle trabas: las largas conversaciones sin la interrupción de notificaciones; las tardes creativas en las que no se colaba un scroll infinito; el contacto social real diario en lugar del encuentro virtual que en muchas ocasiones no es más que una ilusión.

¿Por qué no tomar otra perspectiva?

¿Qué podemos perder siendo un pelín menos prácticos y algo más atrevidos?

Intentar soltar el modo de vida acelerado y despistado que nos imponen las pantallas y pisar el freno.

¿Acaso no podemos reinventar la vida que nos ha tocado, poniéndole otra banda sonora o efectos especiales?

Yo me pido música de campanillas de fondo que me despierte los sentidos para que los árboles no me limiten la perspectiva y pueda ver el bosque en todo su esplendor.

¿Por qué no potenciar lo más bello de cada uno?

Percibir eso que nos hace especiales (si somos una persona detallista, comprensiva, imaginativa, cantarina, bailonga o cualquier otro adjetivo que sepáis os representa), integrarlo en el día a día, e incluso compartirlo, no solo le resta fuerza a cualquier defecto sino que nos ilumina por dentro y por fuera.

Sostenerse en lo bonito no es de ingenuos, es de valientes, porque lo fácil es caer en la desesperación.

Basta poner el telediario, basta escuchar las historias tristes de cada uno, porque todos tenemos.

Lo complicado es ir contracorriente, atrevernos a ser disruptivos y buscar las buenas noticias que existan; detectar a la gente amable que nos rodea y disfrutar de su compañía; ser cobijo no solo para quien nos quiere sino para nosotras mismas

A medida que maduramos, cuando la inteligencia emocional llega, al mirarnos en el espejo abandonamos al juez para encontrar a la amiga que nos sostiene. Y en ese darnos cuenta de lo importante, percibir todo lo que eres te aporta una riqueza interior que regala calma y bienestar.

¡Y es que no es para menos!

No va de ego sino de plenitud, de gratitud también por comprender lo amplio del ser humano. Cada experiencia nos aporta y construye, pulimos las aristas de nuestra alma aprendiz porque es un trabajo que no termina. En ese trayecto de vida el miedo es inevitable, sentirse inseguro ante los vaivenes vitales, pero a la par, si mantienes los ojos bien abiertos en búsqueda de señales, todo tiene más sentido.

En el bosque de la vida está todo.

Por eso nos resistimos a envejecer, asusta perder a quienes queremos o partir nosotros, por más que nos hablen de un lugar mejor. Nos agarramos fuerte a la vida que tenemos. Es humano y lógico porque es un secreto a viva voz que lo demás es cuestión de fe y no siempre tenemos suficiente.

Es un secreto a viva voz que no queremos sufrir, que la preocupación nos absorbe demasiado y que no hay una receta mágica que lo cure pero ¡de perdidos al río!

Rompamos moldes buscando lo invisible que nos sostiene.

El cariño de las personas especiales de nuestra vida, los encuentros bonitos, hagamos tribu, hagamos piña, riamos, compartamos, organicemos…

El amor siempre es respuesta

Transitar en buena compañía ese bosque lleno de belleza pero también oscuro e impredecible, hará más pequeños los sobresaltos o nos acogerá en las caídas.

Sin olvidar que lo invisible tiene muchas caras.

Hay cosas tan lindas y misteriosas, hay tanto encanto soterrado bajo las hojas, que merece la pena caminar prestando atención.

Las intuiciones sorprendentes, las sincronías, las señales de quienes se fueron, los rituales que nos acompañan y reconfortan…

Se me ocurre que podemos inventarnos una receta mágica sanadora fácil de llevar a la práctica. Solo haría falta una vela aromática. Buena memoria. Una intención que queremos poner en nuestra vida. Una flor.

Enciende una vela aromática e inspira ese aroma, deja que te rodee y te llene. Cierra los ojos. Viaja con tu memoria al pasado, pero no al lugar donde viven las culpas ni la melancolía sino allí donde sabes lo valiente y fuerte que fuiste al superar las peores situaciones vividas. Y al sentirte capaz de todo, piensa en una intención para atraer a tu vida, quizá más firmeza para poner límites, tal vez más gratitud para dejar de ver solo lo negativo de las cosas. Tú eliges. Llama a esa intención con mucho amor, hazle un sitio en tu mente y tu corazón para que te acompañe en el día a día y puedas acogerte a ella cada vez que lo necesites. Para terminar agradece el seguir mejorando día a día. Ancla este momento y esta decisión en tu memoria, convirtiendo la belleza efímera de una flor en recordatorio imperecedero, secándola en un libro o en tu agenda, para que siempre que la veas vuelvas a esta intención y recuerdes que puedes conseguirlo. Si no tienes una flor a mano, escríbelo en un papel y guárdalo.

Recordemos que la mente es poderosa para bien y para mal, pero el timón lo tenemos nosotras, no esa mente fluctuante y aprensiva que la mayoría de veces nos domina para mostrarnos los peores escenarios. Esos árboles -problemas o miedos- que tapan la esencia del bosque -la vida en toda su amplitud-.

Hagamos nuestra propia magia atrapando una sensación cálida en el corazón.

Hasta la próxima

Elena Tur

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