Ecos del Jardín
Se decía que llegar tarde a la vida de uno mismo era mala cosa, pero ¿qué significaba realmente llegar tarde? ¡Todo era tan relativo!
A sus 37 años no había conocido al hombre de su vida y por ende, tampoco había creado una familia como imaginó en su adolescencia. No trabajaba en un oficio vocacional que la llenara y ni siquiera las salidas con sus amigos eran lo que más deseaba, porque más bien se dejaba arrastrar por planes ajenos que organizar los suyos propios y al regresar a su casa en las noches del fin de semana una sensación de vacío volvía con ella, susurrándole que era incapaz de ser feliz.

Pero la vida está repleta de señales para quién está atento a casualidades, que pueden no serlo; a sincronías que pueden esconder mensajes; a sorpresas que pueden albergar tesoros.
Mientras paseaba una mañana de sábado por su ciudad, en búsqueda de un par de jerséis nuevos, sintió un hambre repentina y decidió pararse a merendar en una cafetería que llevaba abierta casi medio siglo. Hacía honor a su antigüedad luciendo como un clásico salón de té. Mientras saboreaba su café con un sandwich, se percató que una señora no paraba de observarla, como si esperase poder entablar conversación con ella.


que te veo por aquí…>>

Le explicó entonces que era la actual propietaria de la cafetería, heredada de sus padres, y que a su pesar, veía que la gente joven no valoraba suficientemente lo antiguo, lo viejo, y eso era aplicable a tradiciones, a negocios como el suyo o a personas que cuando se volvían demasiado ancianas pasaban a estorbar más que otra cosa.
La joven no quiso ser descortés así que diplomáticamente afirmaba con la cabeza al escuchar sus sentencias y elogió el buen gusto del lugar, sin plantearse si en verdad le gustaba.
La anciana seguía sonriendo y misteriosamente le dijo <<La apatía solo esconde cansancio y este puede no ser físico sino emocional y esconderse en algún lugar de tu pasado. Viaja a ese lugar y sana para recobrar tu energía.>>
Ella no respondió porque de repente se sintió tan cansada como sorprendida. ¿Es que acaso era tan evidente como se sentía? ¿Es que acaso era culpa suya sentirse así? ¿Cómo iba a volver a ese pasado del que le hablaba? Nada tenía mucho sentido. Sin ganas de debatir, se limitó a acabar lo que le quedaba de merendola y pagar rápidamente antes de marchar. Regresó a su casa con las manos vacías, olvidándose de los jerséis que quería comprarse. Casi se tiró en el sofá, con un enfado sordo en su interior que tampoco sabía bien de dónde procedía, así que hizo lo que solía hacer ante lo que le dolía: lanzó balones fuera y en lugar de buscar la causa de vivir en piloto automático, cerró los ojos y desvío su atención hacia los planes de la tarde.
Sin darse apenas cuenta, empezó a respirar más despacio y adentrarse en esos pensamientos evasivos que dolían menos, hasta que pudo relajarse un poco y se quedó adormilada.
Se encontraba en un precioso pueblecito, en el que no había fríos edificios ni asfalto interminable, sino casitas bajas encantadoras y muchas flores por doquier. En el centro de la pequeña aldea, como si fuera su corazón mismo, había un gran parque sumamente cuidado. El aroma de sus flores parecían hipnotizar y anduvo por sus caminitos entre setos que iban derivando de sorpresa en sorpresa, más flores, más verde, más vida, el cantar de los pájaros, el revoloteo de las mariposas, abejas que polinizaban aquí y allá, la magia que no tiene truco…


Estaba tan absorta en la contemplación y el disfrute del lugar que, para cuando se percató de que una densa niebla estaba rodeándola, ya era tarde.
Apenas veía medio metro más allá de ella y caminaba con tiento, asombrada por ese giro inesperado: el precioso lugar había pasado a tenebroso.


¿Qué lugar era aquel?
Ya no era jardín sino bosque, ya no eran rosales y setos sino árboles tan altos que casi no se veía su fin. Ahora no se sentía acogida entre belleza sino perdida entre la incertidumbre.
Algo le dijo que no era un lugar en realidad, sino un tiempo, un tiempo pasado en el que se guardaban secretos oscuros, donde parte de su corazón se perdió.
Sentía miedo y quería marchar de allí, pero no conocía el camino de vuelta y caminaba y caminaba en búsqueda del jardín perdido, de sus colores y aromas, de su belleza que debía permanecer oculta tras la insidiosa niebla.

Con cada paso, seguía retrocediendo en el tiempo hasta el punto que dejó de ser ella misma la que caminaba para convertirse en su propia madre en su juventud.
Por desgracia, había vivido bastante reprimida por unos padres demasiado autoritarios. Ella que nunca llegó a conocer a sus abuelos, fallecidos antes de su nacimiento, sabía de ellos por las historias que le contaba su madre.
Su excesiva rectitud y dureza mataron sus sueños de independencia, ella de mentalidad poco común en esos tiempos, ansiaba libertad y vivir de cualquier rama artística, ya que tenía bastante buena mano en todas ellas. Pero esa vida imaginada murió antes de crearse a fuerza de negativas y prohibiciones. Como una planta a la que deja de regarse, sus expectativas se quedaron por el camino, acabando en una vida convencional y aburrida.
Renunció a esos sueños que le hubieran dado alegría y se conformó con lo que le dijeron que era conveniente y seguro, por lo que su espíritu curioso y libre se quedó en una sombra de lo que pudo haber sido.


Ahora se veía como su madre, llegando a esa antigua casa, abriendo puertas en búsqueda de algo que la esperaba en algún rincón. Un secreto, un mensaje, tal vez una explicación a sus preguntas silenciosas.
Fue de habitación en habitación hasta llegar a una especie de biblioteca en la que pudo verla.
Ya no representaba el papel de su madre, volvían a ser entes separados porque, por más se ame a otra persona, nadie ha de vivir la vida de otros o no debería al menos.

Su madre permanecía absorta escribiendo en una vieja máquina. Al terminar el rápido tecleo sacó la hoja escrita y se la dio para que la leyera.
<<Tú no eres yo, yo soy la madre y tu eres la hija. Yo no viví mis sueños, renuncié pero tú no has de hacer lo mismo por lealtad. Puedes mirar hacia adelante, no hay lazos invisibles que aten tus manos, ni nadie que te dé negativas autoritarias. Tu apatía no te pertenece, solo es el reflejo de la que viste en mí a causa de mis renuncias. Te libero de ella>>
Cuando terminó de leer y alzó la vista, su madre ya no estaba allí y ella despertó en su sofá, sobresaltada y asombrada porque acababa de regresar de ese lugar -el pasado- que escondía las respuestas que había estado buscando.
37 años no eran nada en realidad… ni que fueran 60. Mientras se vive se pueden soltar las cargas aprendidas de otros para empezar a vivir una vida de verdad.
La vida propia.
Recordó de nuevo ese enigmático y liberador sueño, evocando el precioso jardín en el que se sintió tan feliz y se dijo que quizá podría empezar por ahí… quizá trabajar con flores sería el principio de una vida totalmente suya.

Por cierto, antes de despedirme…
Comentar que ya no habrá newsletter como tal -con el texto completo- porque, no sé a vosotras pero a mi me cansa el overbooking en el correo.
Vuelvo al blog o el blog vuelve a mí en este caluroso y pesado verano, para recordarme que escribo para pasarlo bien, para sentir mi yo creativo que me hace feliz.


No siempre mandaré avisos por email cuando escriba y si lo hago, en principio solo saldrá un pequeño extracto del escrito, para que quien quiera leerme lo haga con intencionalidad. Y así, será bonito de verdad.
Unas amigas que se reúnen en este rincón virtual, donde las palabras transmiten emociones. Creo que así es más bonito y libre.
Escribiré por el placer de escribir y si leéis, que sea por el placer de hacerlo.
Un abrazo encantado.

❤️❤️❤️
❤️
Siempre es un placer leerte Me encantan tus escritos. Gracias por no abandonar el blog
Gracias por no abandonarlo tampoco tú ;)❤️
Hola Elena, leer tus escritos es una maravilla . Me alimentas y alegras el alma. Gracias.
Mil gracias Sofia. ❤️Tus palabras me animan a seguir escribiendo. Un abrazo