Que las sombras no apaguen tu luz

Publico por segunda vez este post ya que en el primer intento hubo un problema técnico. Disculpad las molestias.

Estas semanas de intenso calor veraniego, al que se han añadido unas obras en casa, me han dejado seca de energía, como una planta que te olvidas de regar y se va marchitando, día tras día.

Por suerte, no soy vegetal y tengo algo más de resistencia y, como de todo se saca algo positivo, el cansancio se ha transformado en argumento para escribiros este post.

He estado pensando en las sombras que todos llevamos a cuestas -nada como quitarse el rol de «ombligo del mundo» para relativizar y analizar la vida en su conjunto-, y cuando digo sombras, no me refiero a esas imágenes oscuras que proyecta cualquier cuerpo que intercepta la luz, sino a los agobios, problemas y dramas de toda índole que nos acosan.

Hay sombras fugaces porque un mal día puede sobrevenir por cualquier circunstancia y a la mañana siguiente ser solo un vago recuerdo, y las hay persistentes, más graves, que se prolongan en el tiempo y nos pueden acabar sumiendo en una penumbra mental que solo permita ver la vida en tonalidades oscuras.

Pues bien, como aquello que nos duele, nos agota o nos enturbia, en muchas ocasiones proviene del exterior o es un problema que no podemos controlar, lo mejor que podemos hacer es restarle fuerza acogiéndonos a lo que sentimos que nos ilumina por dentro. Me explico.

Deberíamos darnos cuenta de dos premisas: «si tú misma no luchas por ti, ¿qué ejemplo das a quienes más quieres?» y por otro lado, «¿es que acaso pones en manos de terceras personas que vengan a salvarte cuando tú no haces nada por estar mejor?

Y como es lógico, en estas cuestiones no incluyo a personas con una depresión real o una circunstancia que requiera ayuda médica o farmacológica, hablo del modo de vida cotidiano, cuando sin darnos cuenta, por esto o lo otro, nos vamos abandonando. No estamos deprimidos pero si apáticos o hastiados, o dolidos permanentemente, porque nos falta algo importante, pero aunque nos quejamos seguimos sin mover un dedo por ayudarnos. Ahí voy.

Es primordial repetirnos hasta la saciedad, como un mantra que debe ser aprendido, que merecemos ser felices. Con todas las letras y en mayúscula.

Hemos de decidir qué vamos a hacer para estar mejor. Eso es buscar nuestra propia luz.

En mi caso, siento con fuerza la alargada sombra de la cuidadora -y no me refiero solo a mi madre sino a un conjunto de familiares, con una situación muy prolongada en el tiempo-. Es un trabajo sin vacaciones ni fines de semana, al que se le suma la preocupación o la pena, a la par que las tareas por hacer, y que se complica aún más cuando se añaden otros factores -la mencionada canícula y las obras-, pero yo me conozco bien, y reconozco las cosas que me iluminan por dentro, que me recargan, que me devuelven a mi estado positivo.

Pienso que cuando la lista de preocupaciones deja el «haber de la energía» con un saldo casi a cero, automáticamente deberíamos empezar a concedernos alegrías que nos subieran la ilusión.

Y para hacerlo hay que estar convencidas de que lo merecemos.

Es necesario aunar la aceptación por lo que hay con el autocuidado, para sentir que merece la pena vivir. Llevar la incertidumbre de la mano de la relativización de las propias circunstancias de la vida.

En pleno bajón energético me puse a hacer un sano ejercicio de nostalgia positiva, revisando antiguas fotos, dibujos o poemas, que me recuerdan tantas pequeñas cosas que me hacen feliz y que siempre han sido capaces de dar brillo a mi mirada, como observo en esta antigua foto en blanco y negro, de tiempos en los que me permitía mucho de todo lo que me hace disfrutar.

¿Que en estos últimos tiempos no he podido hacerlo?, bueno, son rachas, pero yo me conozco -qué importante es conocerse- y en cuanto hago una parada en boxes hago recuento de lo que hago y lo que no, proyecto pequeños cambios que puedo hacer para mejorar las cosas, siempre desde la base primordial que es permitirse descansar.

Y así, con determinación, estoy segura de que en un tiempo prudencial, volveré a sentir la luz de lo que amo y su fuerza me dará la energía que preciso para vivir feliz, como un Sansón de largas melenas hechas de naturaleza, arte, buena compañía, tiempo a solas elegido…

Soy consciente de que habrá días que pasen demasiado rápido y vacíos de lo que me gustaría hacer, pero otros estarán llenos, y en otros habrá pequeñas dosis: es con la suma de todo que resurgiré.

Siempre hay alternativas. Entre mil tareas queda alguna puerta nueva a la que llamar: una nueva forma de gestionar el tiempo o soltar cosas innecesarias que nos roban horas de forma inútil.

Es fundamental entender que no somos imprescindibles y que si pedimos ayuda o buscamos apoyo moral cuando lo necesitamos, también nos revitalizamos.

El tiempo pasa, y con él, también pasarán los «días malos». Cuántos días nefastos parecían eternos y luego fueron solo recuerdo. Es la maravilla del ser humano que se supera y resiste de forma inexplicable a veces, pero eso sí, no queramos vivir como mártires o sufridores.

Reinvindiquemos que a pesar de nuestra fortaleza, exigimos nuestro cupo de felicidad. Vayamos a por él, aunque tengamos que fabricarlo a nuestra medida, con lo que nos pida el corazón.

Merecemos respirar con calma, reír con más ganas, levantarnos animadas… para ello hemos de saber apreciar la belleza que vive en nosotras, ajena a los años porque es una belleza que está por encima de lo físico y tiene mucho que ver con lo que somos. Atrevámonos a revolver cajones para vaciarlos y hacer sitio a lo nuevo. Tenemos demasiado miedo a soltar y vivimos en la acumulación constante que solo lleva al atasco mental. Despeja tu entorno, despeja tu mente, para crear espacio en el que ser más tú.

Cada una de esas pequeñas cosas puede ser un revulsivo y un fin, al mismo tiempo.

Como podréis observar hoy os comparto algunas creaciones que hice con Canva tiempo atrás -por eso os decía lo de la nostalgia-, porque demasiadas veces olvidamos nuestras propias habilidades y allí radica parte de lo que nos recarga. Habilidades de cualquier tipo, que todas tenemos, da igual de qué se traten: cocineras, modistas, pintoras, fotógrafas, consejeras, comediantes, filósofas, jardineras o escritoras. ¿Qué es aquello que se os da bien, y lo más importante, aquello que os hace sentir bien al hacerlo? Pues no lo dejéis.

El camino que andamos se recorre demasiado aprisa para no valorarlo en su plenitud. Ralentizad el paso, pararos a oler las flores, a dar abrazos, a mirar el sol que sale o se pone, admirad la luna que desdibuja la penumbra. Y que no sean estas una sentencias poéticas sino llevadlas a la práctica, un poco menos de móvil y más páginas de un buen libro, un poco menos de series en bucle y un mucho más de naturaleza, un poco menos de discusiones y más meditación, risas o calceta, el «qué» solo tú puedes elegirlo.

Yo por mi parte, cuando me siento pérdida vuelvo a llamar a la niña que fui para disfrutar con ella de la creatividad, porque genera una luz muy poderosa.

Imágenes personales o creaciones Elena Tur con Canva.

Por cierto, en el anterior Post os prometía un relato fantástico pero eso tendrá que esperar un poco a estar más energética y creativa, espero que sea prontito. Muchos besos.

¡¡Hasta el próximo Post!!

Elena Tur

4 comentarios en «Que las sombras no apaguen tu luz»

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