La dama de las mariposas

Desde niña mostró síntomas de una extraordinaria sensibilidad y delicadeza, pero en lugar de sentirse arropada por ello se sintió marginada en su propia familia.

Quizá las dificultades de la vida y los problemas económicos, habían forjado unos padres demasiado duros, centrados exclusivamente en sobrevivir. <<¿Por qué tienes que llorar por todo? ¡La vida no admite tantos remilgos, niña, hay que ser fuerte!>>

A pesar de esa incomprensión y frialdad, se sostenía a sí misma, gracias a un don que la mantenía a flote en los días más oscuros.

Podía ver más allá de lo evidente, intuir tras las amargas corazas de la gente, almas que transitaban la pena y pataleaban con palabras hirientes como aquel que da brazadas en el mar mientras se está ahogando. Pero ella, reconocía la posibilidad de transformación en cualquier persona, como si de orugas capaces de convertirse en mariposas, se tratase.

Como si la piel fuera transparente, como si el rictus de un rostro amargo se desdibujara, era capaz de intuir una luz casi apagada en el fondo del ser que tenía en frente.

Su sensibilidad hacía de la compasión su fortaleza, como si contemplara mariposas aun por nacer en quien ignora que puede volar y transmitir belleza en lugar de negatividad.

No era tarea fácil, más bien al contrario, suponía un largo y azaroso camino para llegar a soltar tantas escamas acumuladas en el tiempo convertidas en armadura, pero en cualquier vida podía haber un punto de inflexión que resquebrajara la coraza para dejar salir la verdadera esencia de la persona.

Ella misma había percibido su propia metamorfosis, agarrándose a ese radar especial para buscar lo positivo con que la dotaba su alta sensibilidad. En su mundo, cohabitaban lo bueno y lo malo; podía percibir ambas cosas con claridad, pero elegía alimentar el lado amable de la vida, empecinada en abrir un metafórico cofre de tesoros hecho de detalles que, a otros ojos, podían pasarle desapercibidos: una mirada luminosa que le hablase de bondad, una sonrisa que le transmitiera calor humano, una caricia inventada por la empatía ajena, un objeto preciado que la ayudara a crearse un bonito recuerdo…

Ella repetía confiada «somos como mariposas y tenemos el poder de transformarnos».

Tras vivir en el miedo puede aparecer la valentía.

Después de la soledad es posible encontrar amistad o un cariño sincero.

Sentir incredulidad no incapacita para mantener la esperanza.

Soltar lo malo del día anterior e incluso el dolor de tiempos pasados, borrar los recuerdos negativos tras un presente más benévolo, apaciguar el mal tiempo o sobrellevar las dificultades, cuales fueren, de la mano de aquello que te libera.

Por eso creció convencida de que con la actitud adecuada no solo mejoraba su alma sino la de quienes se cruzaban en su camino.

Daba igual si no todo el mundo era capaz de entender el mensaje. Con que lograse la mejora de otra persona, dispuesta a remontar en su vida gracias a unas preciosas alas recién descubiertas, se sentiría feliz y satisfecha.

Porque la amabilidad se contagia. La confianza se aprende. La búsqueda de la belleza se entrena. La metamorfosis del ser humano siempre es posible.

La dama de las mariposas ha visto la luz que brilla en ti.

Y tú, ¿eres capaz de verla?

Imágenes Canva.

¡Hasta el próximo Post!

Elena Tur

9 comentarios en «La dama de las mariposas»

    1. Escribes muy bonito. Me encanta leer tus relatos donde siempre inspiran bondad, amor y mucha sensibilidad de esa que deja huella. Gracias por dejar que te leamos .

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