La tienda

Era una ciudad tan pequeña que sus habitantes casi la sentían como pueblo, por mas que el alcalde reivindicara una y otra vez su condición de urbe. Los edificios no excedían los tres pisos, la mayoría de ellos de construcción antigua; abundaban los colmados y pequeños comercios, a pesar de grandes almacenes; los parques formaban parte del decorado local y era fácil encontrarlos a la vuelta de cualquier esquina, pintando de verde la localidad.

No era lugar de grandes cambios, y, aunque ese mantenerse estaba bien, los vecinos agradecían cualquier novedad que se presentara.

Tras el repentino fallecimiento de la propietaria de una de las más antiguas papelerías del lugar, el negocio bajó su barrera durante un tiempo, en el que se especulaba si quizá algún familiar se haría cargo del mismo, pero pasaron varios meses sin que nadie viniera a reactivarlo. Tampoco apareció ningún cartel de venta o traspaso, y la especulación inicial dejó paso a la indiferencia, hasta que un buen día, llegó una furgoneta con varios trabajadores, que eficientemente se pusieron manos a la obra. Pintaron la barrera, retiraron el antiguo rótulo e instalaron en su lugar uno nuevo que no daba pista alguna de la próxima actividad.

El letrero en un gris tan oscuro que emulaba al negro, hacía resaltar la sofisticada tipografía dorada del escueto nombre: La Tienda.

El gran escaparate, en el que antaño se mostraban las novedades literarias del momento, revistas y accesorios de papelería, se había transformado en una invitación a la sorpresa, porque la cristalera ahora era opaca y no permitía entrever su interior.

Los vecinos de la barriada se acercaban a curiosear y preguntaban a los trabajadores sobre el nuevo negocio, pero ellos se limitaban a encogerse de hombros como si hubieran firmado un contrato de confidencialidad o simplemente, fueran tan ignorantes como los demás.

Una semana más tarde, colgaba en la entrada un cartel de «abierto», sin ninguna otra pista de sus productos o servicios.

La primera que se atrevió a entrar fue la dueña de la planta baja que había justo al lado de «La Tienda». Mercedes era una señora que, aunque se consideraba moderna, era poco dada a extravagancias, por lo que andaba un poco inquieta con el negocio vecino y se preguntaba ¿a santo de qué, tanto misterio?

Giró el pomo de la puerta y al pasar a su interior sufrió una brusca impresión porque era exactamente igual que la mercería a la que iba de pequeña a cumplir con los encargos de su madre y que siempre la fascinó.

¿Cómo podía ser que hubieran reflejado la esencia de ese antiguo lugar que solo habitaba en sus recuerdos?

Salió entonces de la trastienda una señora, que con una amable, y casi pícara, sonrisa le dio la bienvenida y le preguntó si podía ayudarla en algo. Mercedes se deshizo en elogios por los detalles que adornaban aquí y allá la tienda, los materiales que olían a su infancia, los colores que jamás hubiera intuido tras su enigmática fachada. Pero ante el ofrecimiento de la mujer se limitó a responder:

<<Bueno, en realidad solo entré a mirar… lo cierto, es que ya no coso ni bordo. Mi madre me enseñó y toda la vida he disfrutado con este tipo de labores. Antes me hacía mis propios vestidos o de mis hijas, hasta las cortinas y cojines de mi casa, pero ya hace tiempo que dejé de hacerlo, porque en realidad hay tiendas en las que por poco más y sin esfuerzo, encuentras lo que necesitas.>>

La dependienta se encogió de hombros y le dijo que tenía razón, pero que recordara cómo se sentía cuando planeaba una nueva labor, cuando iba a elegir las telas o los hilos, cuando trabajaba en ello y sobre todo, el orgullo que sentía al terminar. Entonces Mercedes hubo de reconocer que <<lo más fácil o rápido no siempre es mejor>> y que ahora no se hacía vestidos ni tejía bufandas para sus seres queridos, pero tal vez perdía demasiado tiempo viendo la televisión o vídeos en el móvil.

Como no hubiera imaginado, una hora más tarde, tras una interesante y reveladora conversación con la dependienta, satisfecha y motivada salía de la tienda con una gran bolsa de papel en la que se llevaba ovillos de lana de varios colores y unas nuevas agujas, como en los viejos tiempos.

Al salir de «La Tienda» se topó de bruces con una chica que caminaba atropelladamente. Ella la miró a los ojos, para después observar el oscuro letrero y volver a mirarla interrogante. Mercedes, emocionada como estaba, se sentía incapaz de enfadarse y le espetó:

<<Las prisas nunca son buenas, hija. Ojalá corriésemos menos y disfrutásemos de aficiones bonitas como la que me ha reencontrado hoy.>>

La joven, curiosa, se vio impelida a entrar en la nueva tienda del barrio para comprobar por sí misma de qué iba aquello. Allí, lienzos grandes y pequeños, pinturas de todos los tipos, libros especializados y accesorios de manualidades, la hicieron viajar de inmediato a su niñez, cuando por las tardes, al salir del colegio y tras haber hecho sus deberes, se perdía en un mar de colores, pintando con acuarelas, pasteles o acrílicos, según la fase del momento.

Hojas y hojas llenas de dibujos, que su madre iba guardando con orgullo en carpetas, a medida que ella crecía. En cada una, señaladas las fechas, para ver su evolución. También los pequeños lienzos estaban apilados y marcados con una fecha por detrás. Era feliz entonces y no lo sabía. Pero al crecer cedió como casi todo el mundo al lado práctico de la vida, quizá convencida de que «aquello de lo que no vayas a vivir, no merece que se le dedique demasiado tiempo».

Mientras curioseaba entre los distintos materiales, como en una ensoñación del pasado, escuchó la voz de una dependienta que le preguntaba en qué podía ayudarla. ¿Acaso necesitaba alguna tela o una caja nueva de acuarelas? Ella negó con la cabeza, diciéndole que ya no pintaba, que era una afición bonita, pero que bastante tenía que hacer en el día a día para sacar tiempo para eso. La dependienta se encogió de hombros y le contestó:

<<Claro, a veces no hay tiempo para las aficiones, porque el trabajo quita muchas horas, pero la cuestión es, si solo dedicas tiempo a lo que da dinero o a lo práctico ¿dónde queda lo que es bello y te hace feliz?>>

Una hora después la chica salía con una gran bolsa de papel en la que había recopilado el material básico para volver a reencontrarse con la niña que fue, porque aunque no pudiera pintar tres horas al día, quizá podía desconectar cada tarde un rato de las redes sociales y dedicarse a esa terapia de colores con la que se expresaba y liberaba su alma. Quizá olvidó que para sentirse artista no es preciso vender obras, tan solo crearlas. Ahora lo había recordado y una sonrisa impaciente adornaba su rostro.

Y así fue como «La Tienda» ejerció una influencia mágica en aquella pequeña ciudad.

Casi parecía un ser vivo, capaz de transformarse según la necesidad del visitante.

En ella, nunca repetía visita la misma persona, ni tampoco entraba más de una a la vez, porque cada cual tenía su proceso. Ella solo era el detonante. El resorte para destapar la inspiración o la vocación.

Como si fuera una puerta abierta, a veces al pasado o a veces a un futuro aun por descubrir, quien la visitaba se reencontraba con algo bello que había perdido por el camino, o que no se había atrevido a explorar antes, y que podría dar alegría y color a su vida.

Todos guardamos tesoros en nuestro interior, recuerdos especiales, conexiones con gente querida que nos transmitió algo único, ilusiones dormidas, aficiones que nos hacían conectar con nuestra esencia en la infancia…

Por eso, no solo os deseo un feliz año nuevo sino, sobre todo, que con curiosidad rebusquéis en profundidad en vuestro interior, donde seguro os espera algo especial: un poco de esa magia en cualquiera de sus formas, que a todos nos pertenece, y que es capaz de darnos calma y sentido, entre tanto caos y obligación.

Un abrazo.

Fotografías. Imagen 1 y 8 : niña frente escaparate tomwieden – Imagen 2 fachada edificios Pexels – Imagen 3 mujer pelo corto Orna – Imagen 4 Mostrador mercería Eszter Miller – Imagen 5 Tejiendo Foundry Co – Imagen 6 mujer joven Pexels – Imagen 7 pinceles Rudy and Peter Sketterians – Imagen 9 mujer con pompa de jabón Gerd Altmann Todo de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!

Elena Tur

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