La respuesta que solo tienes tú

¿30, 40, 50, 60? Se preguntaba a menudo cuál era la década adecuada para rendirse a la evidencia de que la vida es solo sufrir, convencida de que quizá era más sencillo abandonarse, cual rama a la deriva en medio de las aguas turbulentas.

Con sobrevivir era más que suficiente. ¿Por qué empecinarse en mostrar ilusión por los cumpleaños, navidades o la llegada de una nueva primavera, si en el día a día todo eran problemas y conflictos?

Se miró en el espejo cansada, como si acaso él fuera a darle la respuesta, el motivo por el que debía seguir luchando cuando las ganas se habían esfumado. Había perdido a gente querida, la economía no llegaba a ser boyante, hasta los vecinos resultaban agotadores con sus obras interminables que no daban tregua ni los fines de semana… pero, aun así, una rebelde vocecilla interior le susurraba que no tenía razón, que no todo era negativo; que lo bueno y hermoso le esperaban a ella o a cualquier otra persona que se animara a buscarle sentido a su vida.

Tan solo sería un fin de semana pero creyó que le iría bien el cambio de aires.

Quizá en otro lugar se amplificaría el volumen de la voz interna que seguía instándola a confiar, a buscar una mejora y ya de paso, un tanto de la alegría que hubiera sido asignada a su persona.

Eligió un pueblecito pequeño, dejando atrás su ciudad, el tráfico y las aglomeraciones. Viajar en tren, sin salir de su provincia le pareció lo más sencillo. Una escapada cercana y con encanto; tras un par de horas de viaje, llegó a su destino que, desde el primer momento, le causó muy buena impresión.

No tenía grandes expectativas, mas allá de visitar el popular faro de la localidad. Le bastaba con poder dar paseos sin prisa, oliendo las flores, contemplando los verdes de los bosques y cuando lo necesitara, descansando en la habitación que había alquilado en una pequeña casa de huéspedes que parecía sacada de un cuento.

Las penas que cualquiera lleva en el alma suelen meterse en el equipaje por más lejos que se vaya, pero tenía la esperanza de que la belleza del lugar le haría de sedante aquellas cuarenta y ocho horas.

Se sintió bien acogida por la propietaria del hostal, pero también por cada persona que iba conociendo, desde el dueño de la cafetería que había junto al pequeño ayuntamiento, a la simpática panadera que, con su amplia sonrisa y sonrosados mofletes, hacía buena propaganda de los dulces que vendía, incluso por vecinas del pueblo que, al cruzarse con ella durante sus paseos, paraban a saludarla curiosas pero con sincera amabilidad.

Y como si ya fuera una más de los habitantes del pueblo, no tardaron en compartir con ella una antigua historia de la que parecía nacer su positiva filosofía de vida.

Allí todos, sin excepción, parecían valorar lo pequeño como algo grande, la sencillez como el mayor de los lujos, y con su influencia, le hacían ver cada cosa con una nueva mirada.


Quizá una desgastada butaca en realidad era preciosa por la antigüedad que evidenciaba y era el asiento ideal para un rato de lectura. Tal vez las flores frescas pintaban de colores una estancia gris y relajaban con su aroma a naturaleza. Seguro que desde su habitación en la casita de huéspedes podía disfrutar de unas preciosas vistas a los prados. De repente le parecía que al hablar con los más ancianos recuperaba un atisbo de la sabiduría que tanto añoraba de sus abuelos…

Era una transformación casi imperceptible, que comenzó poco después de enterarse de una popular leyenda local…

Según contaban, un siglo atrás, una preciosa niña llamada Ágata era la alegría de quienes la conocían. Por eso, cuando ocurrió el horrible suceso de su trágico fallecimiento en un accidente, la tristeza se apoderó del pueblo.

Se secaron las risas y la amargura de una vida hecha de drama se apoderó de todos, hasta que comenzaron las apariciones.

Su presencia no aterraba sino que iluminaba. No la sentían fantasma sino ángel, convencidos de que regresaba para consolarles en las noches más oscuras.

Primero visitó a su desgarrada familia que consideraron la visión como un milagro, pero ella a sabiendas de que no podía volver a la vida humana les acompañó lo mejor que pudo en su pena, recordándoles que «si no dejáis de llorar vuestro dolor me persigue pero si me recordáis con amor, permaneceremos siempre juntos».

Pero un tiempo más tarde comenzó a dejarse ver por otras personas que se perdían en demasiadas tristezas. Y es que ella quería seguir siendo motivo de sonrisas y luz para los demás. Aquello que había iniciado como consuelo a los propios se convirtió en algo más profundo, como si hubiera decidido quedarse ligada al pueblo para siempre..

Su imagen tenue y borrosa se dejaba ver antes de que su dulce voz, como un susurro, instara al protegido elegido: «Siempre hay un sentido. No te rindas»

Sus apariciones corrían de boca en boca, propagando sus mensajes, que todos aceptaban como mantras de vida. Ahí no cabían escépticos, nadie osaba acusar de mentiroso a quien insistía en haberla visto y recibido su inspiración.

«Si no le ves sentido a la vida, sé tú el sentido».

«En toda persona hay un alma y en cada alma reside la luz.»

«A través de lo pequeño puedes vivir una gran vida».

«Si vives con gratitud, aprenderás a maravillarte»

Al principio dudó si dar pábulo a la historia, convencida de que las leyendas tienen un poso de fantasía y poca veracidad, pero debía reconocer que, fuera o no cierta, aquellos mensajes resultaban perfectos para ella misma, que unas horas antes renegaba de tanta complicación.

El domingo por la tarde de regreso a su casa, quizá un poquito decepcionada por no haber sido digna de contemplar la aparición, al menos se consolaba con la naciente mentalidad que llevaba en su equipaje de vuelta, contagiada por los habitantes de aquel bonito pueblo.

La vida seguiría siendo difícil y complicada, pero su voz interior sonaba más fuerte que antes y le repetía con claridad: “solo tú puedes encender la luz que llevas dentro y darle sentido a la vida”.

Y entonces, con el repetitivo traqueteo del tren se quedó adormilada, ignorante de que, a su lado, la niña posó satisfecha su manita sobre la suya antes de desaparecer.

Imágenes realizadas con Canvas.

¡Ah! Antes de despedirme daros las gracias por todos los comentarios del anterior Post, algunos preciosos. Y avisaros a los suscriptores que, cuando comentáis, aparecéis como Anónimo (algún fallo técnico del que desconozco el motivo), por si queréis añadir vuestro nombre al final, para que no sea de incógnito. 🙂

¡Hasta el próximo Post!

Elena Tur

6 comentarios en «La respuesta que solo tienes tú»

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