De brujas y ángeles

Se miró en el espejo y se dijo, «soy una bruja».

No conocía conjuros en realidad, ni tampoco preparaba pócimas milagrosas, pero se sabía poderosa como esas mujeres de mala fama que eran capaces de ver más allá de lo permitido, y transgredían fronteras a la búsqueda de respuestas.

Sus ojos grandes, de tupidas pestañas, le observaban desde su propio reflejo, con la misma curiosidad que lo miraba todo, cuestionándose las experiencias que vivía y las emociones que le provocaban. El pelo, algo encrespado, permanecía recogido en un moño, enmarcando su característica expresión valiente y decidida, porque no se había rendido ni ante la muerte.

Esa que le golpeó tan fuerte ante la pérdida de su abuela, quizá la primera bruja de su estirpe, llena de intuiciones e intenciones, para vencer al desánimo y los miedos. Ella la invitó a creer en lo invisible, y desde niña le contó que había una superficie visible en las cosas, y un alma transparente (u oscura, según el caso), que las habitaba.

Hacerse preguntas era síntoma de vida y ella participaba con gusto en el juego.

«¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Cuál es el poder del pensamiento? ¿Cuánto es destino y cuánto libre albedrío? ¿Se puede adivinar el futuro o al menos potenciar la intuición para distinguir los caminos correctos?»

Y aunque ello podía hacerla sufrir porque nunca se llega a saber del todo, también la hacía resurgir ante lo negativo, ante las caídas, porque siempre había posibilidades abiertas, nuevas oportunidades a la espera de ser exploradas.

Así que tras meditarlo mucho, tomó de nuevo el espejo y se dijo, «no soy una bruja por buscar lo invisible, soy un alma que cree en la eternidad, en que el poder divino nos acompaña, en que en nuestras manos permanece la magia, en que los ángeles nos guardan, en que siempre habrá un por qué y algún día lo descubriremos».

Volvió a mirarse al espejo y se dijo, «en realidad soy una mujer normal, como todas las demás».

Porque llevaba una vida de ajetreo y lucha, de cuidados y problemas, pero, como casi todas las mujeres que conocía, albergaba en su interior un vasto mundo que la hacía especial. La fuerza para resistir embates de la vida, la resiliencia para adaptarse a los cambios, la alegría para animar a su familia en los malos momentos, la dulzura para regalar cariño a quienes le rodeaban, la fantasía para soñar aun en el agotamiento causado por una existencia ocupada.

Todas las mujeres podía ser algo brujas y algo ángeles, muchas veces sin saberlo si quiera.

Y quizá fuera esa la ironía del asunto, que la mayoría se pasaban los años buscando en el exterior aquello que les pertenecía, que les era dado como personas llenas de luz.

Quizá pudieran encontrar en sí mismas la felicidad soñada, a poco que se dieran una parte de lo que entregaban a los demás.

Seguramente, el mayor poder que existe es mirarse al espejo, estando convencid@ de que eres un ser único e irrepetible.

Fotografías. Imagen 1 mujer frente al espejo Enrique Meseguer – Imagen 2 libro mágico Noupload – Imagen 3 mujer de frente Enrique Meseguer – Imagen 4 mujer frente al universo Gerd Altmann a través de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!

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