Bajo el mismo techo

Hoy comparto con vosotros una historia que escribí hace tiempo y se quedó en un cajón. Y lo hago porque, aunque últimamente no publico a menudo, no os olvido. Este relato es un poco diferente a mis escritos habituales, ¡espero que os guste!

Desde bien jovencita he sentido una especial predilección por los libros y películas que contienen historias de intriga, porque las emociones que me inspiran me resultan sumamente agradables. Esa piel erizada ante un sobresalto predecible o esa incógnita que te invita a desentrañarla antes de que se desvele la clave del misterio…, pero sabed que lo que resulta emocionante en la ficción, puede ser verdaderamente angustioso en la realidad. Lo sé porque sufrí una experiencia de ese tipo en primera persona, pero, mejor os lo cuento desde el principio…

Me mudé a aquella finca antigua con la esperanza que provoca un cambio ansiado. No se trataba de reemplazar mis cuatro paredes por otras, o abandonar el barrio de siempre, sino literalmente, de darle la vuelta a mi vida como a un calcetín. En escasamente un año, habían acontecido tres episodios que me incitaron a desear abandonar lo que parecía una vida gafada. Me separé, perdí el trabajo y murió mi perro que, sin duda, fue lo más trágico de todo aquello, porque el suyo era el cariño más incondicional con el que contaba.

Y no es que separarme no resultara doloroso (que lo fue), pero era un hecho vaticinado tras sufrir reiteradas infidelidades. En cuanto a lo de encontrarme de patitas en la calle por una regularización de personal, aunque en un primer momento pareció la estocada, finalmente se convirtió en una especie de solución. La cuantiosa indemnización que me pagaron iba a permitirme romper amarras con esas tristes experiencias y construirme una nueva vida.

Medité mucho en lo que de verdad necesitaba y cuando lo entendí fui a por ello.

Lo primero que decidí fue alejarme del insoportable calor que me agobiaba todos los veranos. Me gustaba el lugar en el que vivía pero en los últimos años, quizá a consecuencia del terrible cambio climático, las altas temperaturas se habían acomodado en mi provincia para convertirla en proyecto de zona tropical. Para mi disgusto, apenas había unos meses de tregua. Así que el cuerpo me pedía un clima más suave y, sobre todo, reencontrarme con el contraste de las estaciones. Adoraba pasar del frío a la llegada de las flores y el sol primaveral; después disfrutar de un verano alegre con sus días largos, sin temperaturas excesivas que me robasen la energía, y esperar más tarde las ventiscas otoñales con el aire romántico y melancólico de las hojas caídas, que predisponían a preparar pequeños paraísos interiores, con acogedoras mantas y tazas humeantes para cobijarse en el invierno.

Todo eso lo había perdido porque las estaciones se habían fusionado trayendo un aburrimiento climatológico que se propagaba a la existencia misma, nostálgica de cambios y novedades. Tuve claro que, en la nueva vida que imaginaba, todo sería distinto aunque debiera poner cientos de kilómetros por medio.

Aspiraba a nuevos aires, nuevas gentes y nuevos proyectos por los que ilusionarme y vivir.

Siendo franca, por más ganas que se tengan, cualquier decisión que rompa con lo conocido requiere una buena dosis de valentía. En mi caso limpié mi cuerpo de miedos con las lágrimas de mis fracasos, convencida de que si no me salía bien podría desandar mis pasos y regresar a mi kilómetro cero.

Tardé varias semanas en localizar el lugar que cumplía todos los requisitos. Era una localidad del norte, ni demasiado pequeña ni demasiado grande, con el encanto que le daban su arquitectura característica y el ambiente de pequeños negocios y colmados que evocaban tiempos pasados. Yo, que buscaba algo especial, presentía que podía ser feliz en un sitio como ése, convencida de que donde se cuida del pasado, ha de existir amabilidad en el presente.

Y llegó el día. Arrastrando un abultado trolley que contenía mis básicos indispensables, me detuve frente al inmueble en el que estaba mi nueva morada.

Enseguida se hizo patente el por qué del bajo alquiler, ya que lo de edificio con carácter, era una metafórica forma de decir viejo. Paredes deslucidas con desconchones aquí y allá le daban cierto aspecto de queso gruyere y, a pesar de todo, no se podía negar que poseía una peculiar belleza gracias a la elegancia de sus líneas.

Los cinco peldaños de la entrada daban paso a una amplia puerta acristalada, tras la que se entreveía un mostrador de madera, ahora vacío, en el que en mejores épocas seguramente oficiaría un portero. Lo obsoleto del lugar no me amilanó, convencida de que, por destartalado que estuviera el piso que iba a alquilar sabría darle los toques necesarios para convertirlo en un hogar. En el segundo me esperaba mi arrendatario, que me iba a entregar personalmente las llaves.

Al traspasar el portalón, sufrí una especie de viaje temporal, influenciada por el olor de la madera envejecida, acorde a los detalles que observaba: la escalera estrecha con sus altos escalones, las paredes que habían olvidado lo que era la pintura fresca y unos suelos excesivamente matificados por tantos años de pisadas y ningún trabajo de enlucido. Era evidente que en esa comunidad no se habían esforzado en el mantenimiento de las zonas comunes, quizá más preocupados por la vida de puertas para adentro; una verdadera lástima. Llamé al ascensor que, con el estrépito de su mecanismo me hizo saber que respondía a la llamada. Al abrir la puerta, chirrió, como no podía ser de otra forma, y entré en el oscuro cubículo con mi equipaje, no sin cierto temor a quedarme encerrada para siempre, como si fuera la protagonista del impactante corto «La cabina» pero en versión elevador del siglo pasado.

Mi nuevo casero, un tal Julián, resultó ser un hombre bastante mayor, de mirada aguileña y una voz más enérgica de lo que esperado en un rostro tan surcado de arrugas. Me recibió con una media sonrisa y la puerta abierta. La visita guiada fue rápida porque era un piso pequeño, y mientras me repetía como si fuera un estribillo memorizado todo lo que me anticipó por teléfono, yo me hacía consciente del trabajo que requeriría transformar esas estancias de muebles anticuados en un lugar acogedor para vivir.

Para ser justos, aunque el contenido pedía a gritos una renovación generalizada, comparado con el exterior no estaba tan mal. Lo mejor, aparte de la correcta distribución, eran las vistas. Enfrente, las viviendas eran bajas, posibilitando contemplar desde diferentes perspectivas, el fondo montañoso en la distancia.

Un par de semanas más tarde mi nueva vida rodaba a buen ritmo. Tenía la mente ocupada conociendo mejor el lugar y rejuveneciendo el aspecto de mi nuevo hogar. No puedo negar que aún arrastraba pesares y tenía lágrimas acumuladas a las que dar rienda suelta de tanto en tanto, pero las novedades entre las que me movía, atenuaban el malestar. La distancia, como intuí antes de mudarme, me estaba ayudando. Y justo cuando comenzaba a ver más luces que sombras, empezó el misterio del que os hablaba al principio. 

La primera vez que ocurrió hice caso omiso pero, a la tercera, me empecé a preocupar.

Cada mañana solía marcharme sobre las diez, daba un buen paseo para conocer la zona, hacía mis compras o gestiones, regresando a casa para comer. Pues raro era el día en que no encontraba todas las luces encendidas. En un primer momento, creí que eran despistes, porque nadie está exento de distracción, pero esa teoría perdió fuerza enseguida. Por más que antes de partir, revisara el apagado de todas y cada una de ellas al volver se repetía la misma escena. Además, los objetos más inesperados aparecían fuera de su lugar habitual. Un volumen de una antigua enciclopedia en el baño, una toalla en la cocina, las ollas en el sofá… cosas extrañas de toda índole, tan absurdas e ilógicas, que la sorpresa inicial se iba tornando en preocupación.

Estaba convencida de que, bajo el mismo techo, había algo o alguien ajeno a mí, interesado en hacerme notar su intrusión. 

Alguna noche, me despertaban ruidos que parecían proceder de la sala, pero al levantarme no hallaba su origen. Los nervios comenzaban a pasarme factura, convencida de que aquello tenía que tratarse de algo sobrenatural, porque ¿qué otra explicación podía haber? Desesperada, decidí llamar al propietario sin saber muy bien cómo presentar el asunto. Julián al oírme soltó una risa extraña, como si creyese que buscaba argumentos para una rebaja en la mensualidad, pero nada más lejos de la realidad. Me quedó claro que si conocía la explicación para esos hechos, seguiría omitiéndola. Al contrario, insinuó con voz divertida que quizá era yo quien dejaba las cosas por medio y luego lo olvidaba. Sin ganas de discutir más, ni entrever una solución al conflicto, colgué bastante enfadada. Comencé a plantearme la posibilidad de marcharme de allí, aunque no iba a rendirme sin investigar.

Comencé a pensar en mis vecinos porque algunos de ellos debían llevar allí toda la vida; como las hermanas Ruiz, dos amables señoras que habitaban el piso de arriba. Seguro que estarían al tanto de cualquier historia misteriosa que pesara sobre el viejo edificio; quizá podría crear lazos con ellas y aprovechar todo lo que sabían.

Mi proyecto surtió sus frutos al cabo de una semana de no tan casuales encuentros en el portal o el ascensor, en los que me di a conocer lo mejor que pude, abierta a sus consejos y bromas. Reconozco que aunque inicialmente fuera por interés, su franca cordialidad me hacía sentir bien en aquellos momentos en los que la tensión estaba alterando mis planes. Una tarde me invitaron a su casa a merendar. Prepararon una mesa digna de un exquisito salón de té, con porcelanas antiguas, deliciosas pastas y flores naturales aromatizando la estancia.

La conversación bien podría haber sido la que surge entre unas abuelas y su nieta. Al contarle los dramas personales que había dejado atrás parecieron decididas a reconfortarme con sus palabras y cuidados. A partir de allí, fue fácil sincerarme y compartir con ellas la preocupación por lo que estaba viviendo desde hacía unas semanas… Al principio, se miraron entre sí con asombro, como si estuvieran dudando si sincerarse conmigo; ante mi insistencia acabaron cediendo y me relataron algo que cayó sobre mis inquietudes como una bomba.

Cinco años atrás había vivido en mi piso un hombre bastante conflictivo. Por lo visto, a consecuencia de algún tipo de trastorno psiquiátrico que sufría, tenía una personalidad agresiva y era dado a buscar altercados con los vecinos. La comunidad vivía sobresalto tras sobresalto, hasta que un día lo hallaron muerto. Se había suicidado y aunque fue un suceso que conmocionó a los habitantes de la finca, finalmente pudieron respirar aliviados al recuperar la vida pacífica anterior a su llegada.

Se me erizó la piel. A buen seguro que se trataba del fantasma que había alterado mi vida cotidiana.

Aunque nada podía demostrarse y todo quedaba a la mera especulación, lo cierto es que los fenómenos extraños no eran invenciones mías, y al confirmarse que algo trágico sucedió en el pasado, mi aprensión aumentó exponencialmente.Ya no me seducían las bonitas vistas, solo prestaba atención a los crujidos de la vieja casa y sus muebles. Sin duda, las noches eran lo peor. Empecé a sufrir pesadillas en las que, un desconocido me observaba iracundo, como si yo hubiera invadido su territorio.

Estaba a punto de mi rendición. Comencé a buscar otros pisos para irme de allí lo antes posible, pero un hecho lo cambió todo.

Una mañana, como tantas otras, había salido. Mis paseos por aquel entonces eran más bien huidas para estar lo menos posible en casa, pero ese día, cuando apenas llevaba fuera una hora, me percaté que había olvidado mi teléfono y decidí regresar a por él. Para mi sorpresa, vi que mi puerta permanecía entreabierta y aunque pensé en llamar a la policía me dije para mis adentros que poco harían con un fantasma y me introduje despacio en la casa.

No fue un ser etéreo el que encontré allí, sino uno de carne y hueso. Era un hombre bien parecido y con poco aspecto de delincuente. Llevaba unas llaves en una mano y un libro en la otra. Había sido pillado infraganti preparando un escenario para mí. Indignada, tras semanas de imaginarme todo tipo de escenas terroríficas aquello solo me parecía una broma de muy mal gusto, así que encarándome hacia él le exigí a voces una explicación. Cariacontecido, confesó. 

Era el nieto de Julián. Antes de mi llegada al lugar como nueva inquilina, había hecho copia de las llaves. Mientras estuvo la casa vacía, vivió allí un tiempo a escondidas. Admitió que la estratagema del fantasma se le ocurrió para fastidiarle el negocio a su abuelo, quien tras una apariencia amable, escondía un carácter arisco y poco cariñoso.

>Sé que no ha estado bien -admitió cabizbajo-. Perdí mi trabajo y asfixiado económicamente, decidí pedirle que me echara una mano hasta que se estabilizara mi situación… pero es incapaz. A pesar de contar con varias propiedades, se negó. Y dice que lo hace por mi bien -rió amargamente-, para que espabile. Lo cierto es que prefiere tener una casa vacía que ocupada pero sin cobrar por ello… así de generoso es hacia los suyos. Pensé en darle un escarmiento, ahuyentando a su inquilino… Debo parecerte una persona horrible, lamento el trastorno que te he causado y si quieres denunciarme, lo entenderé.

Me explicó entonces cómo averiguó mis horarios, y al disponer de una copia de la llave, comenzó a escenificar todo lo que había estado poniendo en peligro mis nervios. Pareció sinceramente avergonzado; estaba claro que sus ganas de venganza contra su abuelo le había cegado.

No pude reprimir cierto sentimiento de lástima. Más que una mala persona parecía ser alguien con una mala racha, como lo había sido yo misma antes de llegar allí. Lo que podía haber sido odio hacia mi intruso, acabó siendo solidaria complicidad.

Liberada del miedo de presencias oscuras en la casa, como adoraba el lugar, e incluso a mis vecinas, me sentí feliz de continuar viviendo allí con total tranquilidad. Mientras tanto, tras varias semanas de encuentros y charlas, nuestra extraña relación fructificó en una buena amistad que decidimos convertir en beneficiosa para ambos: comenzamos a compartir el piso y sus gastos -por cierto, sin informar de ello al avaro Julián-.

Y es que puede que su abuelo fuera un tacaño, pero yo era una chica lista y la situación iba a ser provechosa para todos. Congeniaba maravillosamente con el nuevo amigo que había hecho de una forma tan peculiar como pintoresca, así que merecía la pena averiguar qué nos depararía vivir bajo el mismo techo sin sobresaltos de por medio.

Sí, hay misterios que asustan, pero también los hay que, al desentrañarlos, se acaban transformando en una agradable sorpresa que compensa los malos ratos, ¿no os parece?

Fotografías. Imagen 1 mujer junto ventana StockSnap – Imagen 2 mujer tomando café Foundry Co – Imagen 3 fachadas antiguas Mel_88 – Imagen 4 silueta mujer Mohamed Hassan – Imagen 4 comedor antiguo Juergen G – Imagen 5 mujer paseando Frank Yu – Imagen 6 tetera porcelana Gate74 – Imagen 7 mujer en la oscuridad Pexels – Imagen 8 hombre frente mujer S. Hermann y F. Richter – Imagen 9 sonrisa StockSnap – a través de Pixabay.

Espero que os haya entretenido la lectura. ¡Hasta el próximo Post!

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