La metamorfosis interminable

Aquí estoy yo conmigo misma porque no sé si tú estarás hoy al otro lado,

Hoy escribo como parte de una terapia sanadora en un año complicado y revolucionario, porque cuando te desmantelan como un edificio en ruinas para construir un nuevo espacio todo es distinto aunque se encuentre en el mismo lugar.

Yo sigo siendo yo en mi propia vida, pero todo se ha movido y removido.

Mi origen, mi madre, marchó a un lugar de paz en el que no había que sufrir más, pero sigue tan presente que la escucho, la intuyo y la abrazo con mi mente cada día. Su energía flota entre mis paredes y sobre sus hijos con su luz imperecedera.

Mi base física, mi fémur se fracturó al igual que mi muñeca y estoy aprendiendo a caminar de nuevo, como quién dice, todo es lento, pero a la vez es lo mismo, pero del dolor que he vivido, aparece el nuevo edificio reconstruido, más paciente, con miras más amplias, revisándolo todo como en una constelación autobiográfica interminable en la que analizo para sanar, para superarme y ser mejor persona, o al menos intentarlo.

Me esfuerzo y miro hacia dentro, leo, me apoyo en el cariño que me rodea, y como parte de mi sanación voy abriendo puertas que me llevan a explicaciones asombrosas que vienen de mi infancia y que permanecen en mí como una respuesta a preguntas silenciosas pero que están ahí.

¿Por qué ha ocurrido esto o aquello? ¿Por qué reacciono así? ¿Por qué soy como soy?

Preguntarse es importante y responderse aún más.

Y a cada respuesta que hallo doy un pasito más y mi fémur se asienta y mi mano también aprende mejor a recibir -no solo a dar- porque en una rehabilitación física también hay una parte emocional que hay que trabajar para sanar.

Cosas que voy aprendiendo es que reconocer nuestra propia importancia no es egoísmo es salud y es amor, porque ser generoso y amable con uno mismo nos hace mejores personas y siendo mejores, nos enfadamos menos, nos comparamos menos, desaparecen las envidias, los rencores y las culpas, que no valen mucho más que para envenenarnos e impedirnos sentir un poco de paz interior.

Cuando sueltas esas emociones que, a veces se necesitan de manera puntual, pero no deberían cronificarse, la libertad te deja retomar el contacto con la esencia verdadera, quién tú eres, no los miles de personajes que vamos acoplándonos como capas (la persona controladora, desconfiada, egoísta, mentirosa… podemos poner cualquier adjetivo que nos represente en ciertas situaciones) y que tiene algún origen seguramente aprendido de personas que nos rodearon en nuestra infancia.

Llegado a ese punto podéis, podemos, recuperar la naturalidad de la vida, tomar acciones que nos lleven a sentirnos más felices con nosotros mismos. Quizá has reprimido hacerte un tatuaje o apuntarte a clases de baile; hacer un viaje sola o bañarte en la playa por la noche. Esos planes que no llegaban a término influenciados por la pereza, las opiniones ajenas o una mala organización de la vida en la que se da prioridad a las obligaciones y poca al disfrute inocente de la vida.

Sin duda, por ahí tengo una caja de proyectos vitales esperando ser llevados a cabo, cositas grandes y pequeñas, encerradas con un lazo invisible que esperan ser liberadas.

Quizá no me tire en paracaídas pero haga mil fotos en los Costwoolds. Puede que no aprenda a tocar el piano pero sí a pintar con acuarelas. Quizá no aprenda a cocinar platos elaborados pero me haga una experta en cafés de especialidad.

Siempre recorto fotos bonitas de las revistas, hago collage de cuando en cuando, lanzo frases poderosas al aire para incentivarme tras pasar por una racha en la que he estado con la moral por los suelos. Soy capaz de verme mejor a través de los ojos de quienes me quieren, escuchando sus consejos pero sintiéndome libre para tomarlos o dejarlos.

En mi caja invisible de proyectos está convertir este terrible 2026 en fuente de sabiduría para años venideros y hacer de la belleza de las pequeñas cosas mi salvavidas.

De momento lo que sí sé, es que permitirse cambiar, dejar el estancamiento, es lo que nos libera de rigideces absurdas que a nada llevan.

Está muy bien tener unos valores firmes pero a la vez hay que fluctuar como las estaciones, ahora calor, ahora fresco, ahora flores, ahora hojas secas, ahora lluvia, ahora una brisa veraniega.

La naturaleza es sabia y nos enseñó desde siempre que es de todo menos estática, fluctúa, alterna y así no hay aburrimiento, la novedad y la incertidumbre, hace que valores mucho más cuando toca aquello que tanto te gusta. A mí que me cansa tanto el calor, y que ahora intento aguantarlo estoicamente en este pesadísimo verano en todos los sentidos, me ilusiona imaginar ya el próximo otoño, a pesar de que todavía falte para su llegada.

Las imágenes bucólicas otoñales me traen su propia brisa para refrescarme y alegrarme mientras me seco el sudor propio veraniego.

Y mi conclusión final, para mí misma, porque ignoro si alguien más está ahí, es que mientras conserve la facultad de buscar algo de alegría en lo que haya de venir, la suerte de sacar cariño a raudales del pasado que ya no está pero siempre me acompañará, podré transitar por la vida con esperanza.

Este año ha tocado malo, pero dentro de lo malo hay cosas muy buenas.

Todas esas grandes amigas que han venido a compartir tardes conmigo. Las que no han podido y me han llamado por teléfono para compartir una charla entretenida. Mis hermanos a los que me une ahora el cariño que nos corresponde sin el rol tan duro de los cuidadores. Mi preciosa conejita que ya es un poco mayor pero sigue conmigo y es un amor. Mi hijo que se va haciendo mayor y conquistando sus propias aventuras ¡como tirarse en paracaídas! Qué valiente es. Siempre hay algo que agradecer y es importante hacerlo.

La vida es una metamorfosis interminable, porque las dificultades nos transforman y nos preparan para recibir lo bueno con más alegría y gratitud si cabe.

Querida niña… querida yo (y querida tú, si estás al otro lado), porque todo cambia cambiamos, eso es vivir. Y qué suerte estar vivos.

Abrazo encantado a mi niña y a la tuya.

Elena Tur

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