La decisión de una indecisa

Sofía era una persona encantadora, llena de cualidades, pero no era consciente de ello en absoluto.

Su inseguridad era un lastre en su mirada, transformando lo positivo en pegas, y eso abarcaba al mundo en general, pero, sobre todo, a ella en particular. Se sentía incapaz de cambiar, sin comprender que los motivos que hacen que una persona llegue a ser de un modo u otro, aunque empezaran casi en la misma cuna, no son una sentencia y se pueden sanar.

Ella, indecisa recalcitrante, dudaba ante cada elección que debía hacer, por simple que pareciera: un corte de pelo, el color del vestido, un regalo que tenía que comprar, una respuesta que debía dar… y si de lo simple pasaba a lo importante, el bloqueo era aun mayor. Como si su persona fuera un territorio neutral que se niega a tomar partido entre opuestos, se sentía incapaz de decidir, lo cual se traducía en pérdida de oportunidades.

Aunque eso no era lo peor.

Lo peor era que cuando haciendo un gran esfuerzo tomaba una decisión, llegaba el arrepentimiento, y la elección que parecía ser la más apropiada, cambiaba de bando para aparecer como errónea ante sus ojos asombrados. Afortunadamente, si se le deja, la vida termina por hacer su trabajo de maestra, a través de experiencias propias o con terceras personas que se cruzan oportunamente el camino.

Un buen día, en el que Sofía se encontraba tomando un café en una terraza, observó gratamente sorprendida que en la mesa de al lado estaba sentado un hombre que llamó su atención por su impecable aspecto. No era especialmente guapo, pero algo en su persona lo hacía destacar, más allá de su elegancia o excelentes modales.

Parecía poseer una mirada capaz de radiografiar la mente a quien se le ponía por delante.

Al menos así se sintió ella al recibir la misma atención por su parte, pero contrariamente a lo que hubiera imaginado, resultó sencillo entablar una conversación agradable con él, porque ese aspecto que se podía asociar a una persona altiva escondía tras de si una personalidad cercana y abierta.

Ese encuentro casual se convirtió en el inicio de una bonita amistad, aunque también debía admitir cierta atracción ante alguien que parecía haber escapado de su propia imaginación. Pero para ella, la mayor cualidad de ese hombre fue la paciencia con la que se esforzó en mostrarle todo aquello ante lo que Sofía era ciega.

No precisó demasiadas conversaciones para convertirse en el terapeuta de su autoestima rota.

Sin que apenas se notase, con una elegancia muy a la altura de su indumentaria, con dulces palabras y mejores gestos, la enfrentó frente a un espejo imaginario para mostrarle el reflejo real de sí misma: el que veían los demás en ella.

Le hizo entender que no debía negarse la oportunidad de tomar decisiones, incluso las equivocadas. Le mostró en ese espejo que los errores son casi siempre apreciaciones subjetivas, y por tanto, no del todo fiables. Por ejemplo, ese pelo rebelde que ella consideraba un desastre, otros lo veían simplemente como un estilo natural atractivo; que las curvas que le acomplejaban quizá eran envidiadas por su voluptuosidad; o que los miedos que la acosaban solo eran batallas a las que hacer frente (tal como le ocurría a cualquier persona) y podían ganarse si se tomaban cartas en los conflictos que se debían afrontar.

«Querida Sofía, la vida es un baile. No siempre suena la música que nos gusta, puede que no conozcamos los pasos o no cojamos el ritmo, pero se trata de bailar, tal como sepamos, y disfrutarlo sin arrepentimientos».

Ella, algo avergonzada por tener que reconocer tantas inseguridades, bajó la cabeza, sintiendo ganas de llorar. Pensó que jamás estaría a la altura de un hombre como aquel, tan perfecto aun con sus imperfecciones.

Él, ignoró sus dudas y le regaló la certeza de que se puede cambiar. La vida, le ponía frente a ella para ayudarle a hacerlo, pero no como muleta sino como reflejo que le habla desde el otro lado del espejo. Fueran a ser o no pareja, sería el confidente que disiparía la niebla de sus ojos, para que viera la luz que irradiaba y ante la que era ciega.

«Duda de lo superfluo si te apetece, incluso de lo importante, porque no es malo hacerlo siempre y cuando eso no sea un impedimento para avanzar, paso a paso hacia lo que te mereces. Tanto da ir despacio. Cada cual tiene su ritmo- le dijo-, pero aunque sea sin prisa, cree en ti y dejarás de sentirte como la que siempre se equivoca para convertirte en quien se permite equivocarse como un aprendizaje más».

Con el transcurrir del tiempo, Sofía aprendió a pulir inseguridades para convertirlas en razonamientos; podía escuchar sus charlas internas pero también ignorarlas. Su mejor decisión fue aceptar que equivocarse tenía su utilidad.

Fue gracias a la franqueza y el cariño de su buen amigo, que su complejo de indecisa se derrumbó como un castillo de naipes. Sus miradas brillantes y sus charlas llenas de inteligencia le descubrieron la versión de sí misma que había permanecido oculta ante sus ojos, porque entendió que lo que se ve desde dentro nunca es lo mismo que se ve desde fuera.

Se pueden habitar las contradicciones humanas sin sentirse culpable por ello.

Espero que este pequeño cuento os haga recordar que, cualquier defecto que se arrastre es mejorable, con perseverancia y el cariño adecuado hacia uno mismo. Y si no puede eliminarse, querámonos igualmente, porque ¡nadie es perfecto!

Fotografías. Imagen 1 niña Enrique Meseguer – Imagen 2 hombre Free-Photos – Imagen 3 bailarina Cocoparisienne – Imagen 4 chica sentada Bruce Lam – a través de Pixabay. Imagen 5 montaje diseño Canvas.

¡Hasta el próximo Post!

10 comentarios en «La decisión de una indecisa»

Cuéntame tú...